RETIRO

Retiro desde Caleruega 

noviembre de 2020

LA FRATERNIDAD CAMINO PARA LA ESPERANZA

Esperanza significa mirar confiadamente al porvenir. Pero ante los desastres que estamos sufriendo, el desánimo parece lo más razonable ¿Dónde apoyar nuestra esperanza y cómo abrir camino de futuro?

1.    Dónde fundamentar nuestra esperanza

En la pandemia hemos constatado la limitación de nuestro deslumbrante progreso técnico y estamos viendo cómo nuestro desarrollo económico está muy dañado pues otra vez los pobres quedan en la cuneta. Por otro lado, en nuestra sociedad moderna y laica, los cristianos estamos viendo que faltan oídos para el Evangelio, hay muchos malentendidos sobre la Iglesia, y las llamadas insistentes a la nueva evangelización no dan el fruto deseado. Esas y otras dificultades sociales y eclesiales que hoy encontramos para mantener viva la esperanza, quedan chicas ante un hecho tan duro e inevitable como es la muerte. En la pandemia la muerte sorda y muda se ha llevado a muchos y nos ha metido el miedo en el cuerpo.

El desinfle y el desánimo tienen su justificación incluso, y tal vez de modo especial, para los mismos cristianos. En este panorama de oscuridad, cuando vamos a iniciar el tiempo litúrgico de Adviento, dejemos caer el interrogante: ¿Qué razones tenemos los cristianos para mirar confiadamente al porvenir y comprometernos en la construcción de un mundo mejor para todos?

Jesús de Nazaret constató el fracaso de su misión. Incomprendido y amenazado de muerte por los representantes oficiales de la religión, vivió la intimidad con el “Abba”, presencia inagotable de amor que se da: “no estoy solo porque el Padre está conmigo” (Jn 16,32). En esa confianza ya mirando a su muerte próxima, da gracias al Padre “porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11,25) Pero ¿cómo da gracias viendo que esos “sabios y prudentes” en breve le condenarán a muerte? Sencillamente porque experimenta esa presencia de Dios amor y su porvenir, ocurra lo que ocurra, ya está habitado por esa presencia.

Cuando parece que no hay razones para esperar, debemos avivar la esperanza teologal. La presencia de Dios amor en quien existimos y nos movemos inspira en nosotros confianza y coraje de futuro sin ceder a las dificultades. Esa Presencia de amor es constitutivo de toda persona humana y responde al germen o anhelo de plenitud que puja en nuestra intimidad.

San Agustín vislumbró que la huella de Dios está impresa en el corazón humano. Tomás de Aquino se refiere al deseo natural de ver a Dios. Y Juan de la Cruz habla de “los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados”. A esa presencia responden hoy la insatisfacción y búsqueda de otro porvenir mejor, los gestos de gratuidad no solo en la pandemia sino también en el voluntariado, en economías solidarias, y en otros muchos y justos reclamos de liberación. Los cristianos podemos discernir en estos signos reflejos de la presencia encarnada de Dios amor y fundamento de nuestra esperanza.

Para reflexionar:

• ¿Qué dificultades encuentras hoy en tu vida para mirar confiadamente al porvenir?

• ¿Qué actitud estás adoptando?

• ¿Qué está significando para ti la esperanza “teologal”?

2.      Avivar la fraternidad

Gracias en buena parte a nuestro desarrollo técnico, estamos viendo que todos estamos interrelacionados. El mundo es una aldea global donde hay entre todos unos lazos que nos hace inseparables. La misma pandemia es sugiriendo que todos integramos una sola familia.

Pero la globalización está procediendo con la exclusión creciente de los pobres e indefensos. Una lógica inspirada en la fiebre posesiva que busca la máxima ganancia individualista utilizando irreverentemente a las personas y al entorno creacional. Una lógica de descarte que se ha impuesto en todos los ámbitos. Esa lógica que sin remedio a todos deshumaniza y hace imposible la esperanza en un porvenir mejor para todos. Consciente de la situación, con gran lucidez Benedicto XVI en su encíclica “La caridad en la verdad” propuso la lógica del don que no anula, sino que abre horizonte nuevo a la racionalidad del mercado. Los seres humanos hemos nacido para el don y esta vocación original exige una lógica del amor gratuito para la cohesión social. Dando un paso más el papa Francisco, en su reciente encíclica “Todos Hermanos” destaca el valor y la urgencia de la fraternidad.

Sin la fraternidad, no tienen salida los otros dos reclamos de la Ilustración: libertad e igualdad. Para salvaguardar la convivencia los ilustrados inventaron el eslogan; “mi libertad termina donde comienza la 3 libertad del otro”. Pero según este principio, el otro sigue siendo un obstáculo para mi libertad y, lógicamente, si puedo lo elimino; es el criterio que se ha impuesto en el mercado; la competencia saludable ha degenerado en rivalidad a muerte. Solo cuando mire al otro como hermano, con su propia dignidad, entenderé que el ejercicio de mi libertad debe hacer posible la libertad del otro.

Y lo mismo para el reclamo de igualdad. Solo mirando a los demás como hermanos, entenderemos que nuestras propiedades deben estar reguladas por el bien común, y que no compartir con los pobres los propios bienes es quitarles la vida. Desde la fraternidad tejida por el amor se abre una lógica de gratuidad y compasión solidaria. La fe o experiencia cristiana en Dios como presencia de amor garantiza la dignidad de cada uno, a todos nos hace hermanos invitados a la misma mesa, y abre camino para eliminar las diferencias abismales entre los pocos privilegiados y la multitud de excluidos

Para reflexionar:

Jesús de Nazaret vivió y murió apasionado por construir la fraternidad donde nadie sea más que nadie. Y uno de los nombres primeros de la Iglesia fue “fraternidad”

• ¿Cómo respondes a ese proyecto? Domingo de Guzmán entendió que la comunidad fraterna de frailes predicadores es ya la “santa predicación”

• ¿Qué piensas de la vida comunitaria y cómo la vives en orden a la misión evangelizadora? •

3.    Qué debemos hacer

Considerándonos hermanos de todos, tenemos que ser responsables haciendo lo posible para que el virus no se propague pueda ser sofocado. Pero la fraternidad debe ser vacuna contra el terrible virus de la injusticia social, de la desigualdad de oportunidades y de la exclusión, que tantas muertes causa en el mundo y dentro de nuestra sociedad hoy a los más débiles amenaza.

En la encíclica “Todos hermanos” el papa Francisco advierte: “No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan, sería infantil”. En lo que esté a nuestro alcance para compartir nuestros recursos con los pobres y hacer lo posible para que las políticas económicas tengan como objetivo el bien común o una vida digna para todos.

Y hay algo decisivo que podemos y debemos practicar cada uno: la compasión solidaria que respira la parábola del buen samaritano y el Papa en la encíclica describe con detalle. Leamos y meditemos despacio ese apartado singular de la encíclica. Valgan algunas frases entresacadas:

“Esta parábola recoge un trasfondo de siglos. La misericordia del Señor alcanza a todos los vivientes. El amor que sabe de compasión y de dignidad. Al amor no le importa si el hermano herido es de aquí o es de allá pues el amor que rompe las cadenas que nos aíslan y separan.

Jesús cuenta que había un hombre herido, tirado en el camino, que había sido asaltado. Pasaron varios a su lado, pero huyeron, no se detuvieron. Eran personas con funciones importantes en la sociedad, que no tenían en el corazón el amor por el bien común. No fueron capaces de perder unos minutos para atender al herido o al menos para buscar ayuda. Uno se detuvo, le regaló cercanía, lo curó con sus propias manos, puso también dinero de su bolsillo y se ocupó de él. Sobre todo, le dio algo que en este mundo ansioso regateamos tanto: le dio su tiempo”. (Cap. II Un extraño en el camino. Fratelli Tutti)

Para reflexionar:

• ¿Con quién te identificas?

• Esta pregunta es cruda, directa y determinante. ¿A cuál de ellos te pareces?

 Esta parábola es un ícono iluminador, capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que necesitamos tomar para reconstruir este mundo que nos duele. Ante tanto dolor, ante tanta herida, la única salida es ser como el buen samaritano”. La práctica de la fraternidad es imprescindible para mirar el futuro de la sociedad humana confiadamente. Esa práctica es camino para la ESPERANZA.


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Retiro desde Caleruega 

octubre de 2020

¿FELICES LOS POBRES? - CUANDO URGE LA SOLIDARIDAD

Estamos viendo los desastres del Covid-19 en el tejido productivo y las consecuencias negativas para los más débiles en nuestra misma sociedad española. La pandemia del hambre, que sufren millones de personas en el mundo, ahora puede contagiar y matar a muchos en nuestra misma sociedad que se dice de bienestar. En la crisis económica se confirma, lamentablemente, otra vez que son los más pobres los que sufren sus efectos. Para muchos que contaba con un trabajo, el desempleo significará caer en la pobreza, mientras los más indefensos económicamente, se verán obligados a pedir limosna ¿No es un sarcasmo de mal gusto decir en esta situación ¿“felices los pobres”? En estos momentos de crisis, hay que pensar si nuestro estilo de vida nos puede llevar a buen puerto. Debemos cambiar de mentalidad y de rumbo.

La palabra “solidaridad” fue lema de movimientos no ligados a la religión cristiana que pedían justicia social. Los cristianos hablamos de “caridad” que incluye gratuidad total, perdón y reconciliación. Pero con frecuencia se habla de caridad como algo gratuito independientemente de la justicia social. La verdadera caridad va más allá de la justicia porque amar es ofrecer gratuitamente de lo mío al otro, pero incluye la justicia: dar al otro lo que le corresponde por su ser y por su obrar. Para no caer en espiritualismos vacíos, hablemos de solidaridad revistiendo esta palabra de gratuidad total cuando percibimos en cada ser humano la imagen misma del Creador.

Y una tercera observación. El Evangelio no es una constitución política más. Ni la misión de la Iglesia es directamente política. Pero su misión religiosa es hacer inolvidable a Jesucristo revelador de Dios cuya gloria implica que los seres humanos vivan con dignidad. La vida de los seres humanos se fragua en la organización social. Por eso vale para todos los cristianos, que hoy debemos ser misioneros, lo que en 1980 dijo un Capítulo General de los dominicos: “El análisis del mundo de hoy y el conocimiento de lo que es del momento, tiene la misma importancia a los ojos del predicador que el análisis y el conocimiento de la Palabra de Dios”.

Para “lo que es de este momento”: la situación económica desastrosa que sufren los más indefensos ¿Qué podemos aportar los cristianos? ¿Solo buenas recomendaciones de paciencia y confianza? ¿Solo compartir con obras de beneficencia? ¿Decir ahora “felices los pobres” puede tener algún sentido?

Desarrollamos nuestra meditación en tres puntos: qué modelo de persona se está forjando en nuestra sociedad, la opción evangélica por los pobres y cómo entender la proclamación del Evangelio: “felices los pobres”.

1. “El sistema económico vigente “es injusto en su raíz”

Por sistema económico entendemos la forma de organizar la producción y distribución de los recursos. Pero estamos viendo que mientras esos recursos van quedando en pocas manos, cada vez menos controlables, crece la pobreza escandalosa en el mundo. Un desajuste es si cabe más cruel y manifiesto en un proceso de globalización con exclusión. En ese desajuste somos capaces de formular derechos humanos al trabajo y a la libertad, mientras en el funcionamiento del sistema esos derechos quedan en formulaciones vacías, aumenta el número de excluidos en el mundo laboral y la libertad de los pobres queda hipotecada en un mercado libre prostituido por la codicia insaciable .Es el desajuste que puede ser nefasto en la crisis económica que está causando el Covid-19: mientras muchos desvalidos quedan al aire, otros pueden aprovechar para hacer negocio.

Ideología inhumana de fondo

Según Aristóteles la economía es el arte de satisfacer las necesidades de todos para una vida buena. Pero estamos viendo que actualmente más bien es artimaña para acaparar individualistamente riquezas a costa de empobrecer a los otros. Así, mientras una minoría intenta darse “la buena vida”, la mayoría no puede gozar de una vida buena. Se comprende que un sistema cuya ideología o interés prioritario es acaparar dinero con el mínimo costo, como dice el papa Francisco, “es injusto en su raíz”. La lógica de la comercialización ha desplazado a la lógica del derecho en política y es capaz de corromper a los mismos ámbitos de gratuidad, como es la familia o la misma vida de los religiosos. Una lógica insensible al sufrimiento de millones de víctimas pero que hoy choca con la crisis ecológica o clamor de la tierra irreverentemente depredada.

Jerarquía de valores

Esa ideología se concreta en una jerarquía de valores y valoraciones en la vida social, que se vertebra en tres áreas fundamentales: los recursos económicos, las relaciones interpersonales, y el ejercicio del poder. Según la ideología del sistema económico que está funcionando ¿qué criterios valorativos hay en esas tres áreas? Cuando se trata de recursos económicos, el valor es acaparar dinero a costa de quien sea y de lo que sea. En cuanto a las relaciones interpersonales, las personas valen no por lo que son en sí mismas sino por lo que rentan. El ejercicio del poder tiene por objetivo dominar y acrecentar riqueza. El talante, estilo de vida que resulta es el individualismo: cerrazón en uno mismo o en el grupo que da seguridad. Ahí se perfila el Individuo productor, consumidor y depredador. El ser humano que lleva en su entraña la vocación de solidaridad vive replegado sobre sí mismo, es incapaz de trascender hacia los demás porque también cierra sus oídos a ese misterio que nos envuelve y que en las religiones llamamos Dios.

Según esta jerarquía de valores la persona humana ya no es fin sino medio. Se contradice un postulado de filosofía moderna formulado por Kant en el S. XVIII. Y va en contra el Evangelio sobre la dignidad inviolable de la persona humana. Desde esta fe o experiencia cristiana, la jerarquía de valores queda bien marcada. En el área de las posesiones, el valor no es acaparar sin compartir. En el área de las relaciones interpersonales, la persona vale por lo que es más que por lo que renta. El ejercicio del poder solo vale como mediación del amor. El individuo que se fragua en esta jerarquía de valores no es individualista sino solidario.

¿Hasta qué punto los cristianos funcionamos con inspiración evangélica, o más bien nuestra conducta responde a la ideología y a la jerarquía de valores que se ha impuesto en nuestra cultura de bienestar y consumo? Necesitamos una vacuna contra el Covid-19 que esté al alcance de todos. Pero antes, en y después del Covid-19 urge curar el perverso virus de la injusticia social, la marginación de las personas y la irreverente depredación de la tierra.

2. “Tiende tu mano al pobre”

La fe o experiencia cristiana de Dios misericordioso y compasivo se refleja en la compasión ante las víctimas. Lo vemos en la conducta de Jesús, escandalosa para los religiosos farisaicos: “¿pero es que come con los pobres?”. Según la versión de las Bienaventuranzas que trae San Lucas, Dios no quiere que los seres humanos vivan en la miseria y lamenta la codicia insaciable de los ricos.

En la opción de la Iglesia por los pobres, el papa Francisco es tajante. Ya en su primera Exhortación:” Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente; no tanto a los amigos y vecinos, sino a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, aquellos que no tienen con qué recompensarte. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres” ´. Una opción explicitada en el Mensaje “Tiende tu mano al pobre”, para la IV

Jornada Mundial de los pobres, 15 de noviembre, 2020:

“La constante referencia a Dios no impide mirar al hombre concreto; al contrario, las dos cosas están estrechamente relacionadas. La oración a Dios y la solidaridad con los pobres y los que sufren son inseparables. Para celebrar un culto que sea agradable al Señor, es necesario reconocer que toda persona, incluso la más indigente y despreciada, lleva impresa en sí la imagen de Dios. De tal atención deriva el don de la bendición divina, atraída por la generosidad que se practica hacia el pobre. Por lo tanto, el tiempo que se dedica a la oración nunca puede convertirse en una coartada para descuidar al prójimo necesitado; sino todo lo contrario: la bendición del Señor desciende sobre nosotros y la oración logra su propósito cuando va acompañada del servicio a los pobres.

La opción por dedicarse a los pobres y atender sus muchas y variadas necesidades no puede estar condicionada por el tiempo a disposición o por intereses privados, ni por proyectos pastorales o sociales desencarnados. El poder de la gracia de Dios no puede ser sofocado por la tendencia narcisista a ponerse siempre uno mismo en primer lugar

El encuentro con una persona en condición de pobreza siempre nos provoca e interroga. ¿Cómo podemos ayudar a eliminar o al menos aliviar su marginación y sufrimiento? ¿Cómo podemos ayudarla en su pobreza espiritual? La comunidad cristiana está llamada a involucrarse en esta experiencia de compartir, con la conciencia de que no le está permitido delegarla a otros. No podemos sentirnos “bien” cuando un miembro de la familia humana es dejado al margen y se convierte en una sombra. El grito silencioso de tantos pobres debe encontrar al pueblo de Dios en primera línea, siempre y en todas partes, para darles voz, defenderlos y solidarizarse con ellos ante tanta hipocresía y tantas promesas incumplidas, e invitarlos a participar en la vida de la comunidad.

Tender la mano es un signo: un signo que recuerda inmediatamente la proximidad, la solidaridad, el amor. En estos meses, en los que el mundo entero ha estado como abrumado por un virus que ha traído dolor y muerte, desaliento y desconcierto, ¡cuántas manos tendidas hemos podido ver! “

Si leemos despacio estos párrafos desde nuestra experiencia cristiana ¿qué concluimos?

3. Dichosos los que viven con espíritu de pobres

Unas palabras del papa Francisco en el citado mensaje, van al fondo del compromiso para erradicar la pobreza escandalosa que sufren millones de personas, cuando se producen hoy en el mundo recursos suficientes para todos: “Mantener la mirada hacia el pobre es difícil, pero muy necesario para dar a nuestra vida personal y social la dirección correcta. No se trata de emplear muchas palabras, sino de comprometer concretamente la vida, movidos por la caridad divina. Para apoyar a los pobres es fundamental vivir la pobreza evangélica en primera persona”.

En la versión del evangelista san Lucas se dice “Dichosos los pobres” a secas. Así nos invita a una vida despojada y austera. Jesús siendo rico se hizo pobre y se sentó con ellos a la mesa. Cuando entramos en sintonía con Jesús, experimentamos la necesidad de compartir la vida con los necesitados. El evangelista Mateo, 1-11 explicita es sintonía: “dichosos los que viven con espíritu de pobre”. En la revelación bíblica se habla del “anav”, el justo, el que se abre a la presencia de Dios, que es amor, y se relaciona con los demás dando vida. Según el evangelista ese pobre es misericordioso, limpio de corazón, constructor de la paz, dispuesto sufrir por la justicia. En la medida en que esta pobreza cunda en la organización social, los excluidos “poseerán la tierra”, podrán intervenir en el desarrollo de la creación; los que están hundidos, encontrarán apoyo para levantarse; y los que tienen sed de justicia quedarán satisfechos. Un programa para ese mundo nuevo que todos en el fondo anhelamos.

Con frecuencia los humanos buscamos la felicidad en tener dinero, en el prestigio ante los demás, en el placer inmediato a costa de quien sea y de lo que sea. Intentamos crecer utilizando a los demás. El Evangelio abre otro camino: “el que gasta su vida para dar vida se realiza de verdad”. Pero, ¿cómo puede ser uno feliz emprendiendo este camino que incluye muchas privaciones?

El programa de las Bienaventuranzas se encuentra dentro del “Sermón del Monte”, que resume lo esencial del Evangelio: amad a vuestros enemigos, al que te golpee en una mejilla, ponle también la otra. No se trata de normas a cumplir pues cuando a Jesús le abofeteó un soldado, no puso la otra mejilla. Tampoco es una propuesta para un grupo de “perfectos” pues el Evangelio es para todos. Se trata de un programa posible de realizar cuando las personas entramos en la órbita de Dios revelado en Jesucristo, a quien experimentamos como amor. Entonces somos felices amando de verdad al otro, tendiendo la mano al desvalido. Compartiendo cuanto somos y tenemos con los demás.

Es el estilo de vida que responde a la fe o experiencia cristiana. Que hace felices a las personas. Un estilo fecundo y fermento necesario para este tiempo de reconstrucción, no solo económica sino sobre todo ética, que necesita nuestra sociedad.

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